lunes, 9 de febrero de 2009

Viaje a la pampa 4

3. Futuro: crónica de cuatro ciudades

La vedette de América

Dejamos los últimos detalles de la pampa encendidos con el rojizo fuego de la puesta del sol. Al acercarse al Gran Buenos Aires, la amorfa masa de las cercanías de la gran ciudad reemplaza el constante vigor de la pampa y las estancias se convierten en chacras, luego bloques de departamentos, y el autopista nos deposita en plena centro con el Obelisco dándonos su bienvenida.

La transición hoy de lo rural al urbano es instantánea. Antes uno pasaba por interminables avenidas con semáforos sin sincronización y tráfico sin orden, plagado por buses, carros a caballo y camionetas sobrecargadas. Hoy un par de peajes y uno emerge por la Nueve de Julio sin trastorno ninguno. Nos encontramos en Kilómetro Cero, el centro político si no geográfico de la República Argentina.

Vamos a la cúpula que compré en ruinas hacia quince años como apuesto al renacimiento del barrio de Congreso. La cúpula en si tuvo su renaissance, pero el barrio no progresó, de los pocos que no ha participado en el boom de prosperidad de los últimos años. La misma Plaza de los Dos Congresos también sufre los altibajos de la vida política y económica del país. Se puede medir su salud por la cantidad de bombitas de luz que los legisladores nacionales dedican a iluminar el palacio más representativo de la Argentina democrática.

De nuevo está oscuro, apenas visible a los trescientos metros de la terraza de la cúpula. Las tinieblas se explican como una colaboración con el pueblo, una anecdótica manera de ahorrarles a los pocos que pagan impuestos algunos pesitos. Otro barómetro que da su medida de la salud de la gran nación en su rincón medular, Kilómetro Cero, son la cantidad y intensidad de las protestas y manifestaciones. El desagrado ciudadano goza de una robusta salud: las marchas se sobreponen, las gritonas de los micrófonos llenan el barrio de sus ladridos, y el tráfico se desvía por otras calles, garantizando que los valores inmobiliarios del barrio se mantendrán en baja.

El edificio de la cúpula es uno de los más espectaculares de la ciudad, con sus dos cúpulas rojas gemelas, que como una pareja de abuelos, son testigos de los desastres de las generaciones más jóvenes. El gobierno de la ciudad autónoma ha hecho un gran esfuerzo últimamente en reparar las fachadas de los edificios centenarios de la Avenida de Mayo. El problema con ‘La Inmobiliaria’, como fue nombrado el nuestro en 1910, es que su fachada ocupa el largo de una manzana, desde San José hasta la misma Plaza. Y peor, el edificio está habitado por personas sin ningún interés en participar en la restauración de su barrio y menos del edificio mismo.

Pero la cúpula después de quince años de mejoras es un oasis a treinta metros del bloque de concreto y su chapa de bronce que marcan el Kilómetro Cero y de una versión también centenaria del ‘Pensador’ de Auguste Rodín que seguramente dejó de pensar en el futuro de Argentina poco después que fue plantada allí por quien sabe quien en conmemoración del centenario de la aún adolescente república.

Nos faltan tres años para celebrar el segundo centenario y todavía no se ha resuelto el problema del agua de las fuentes, las luces del Congreso, la suciedad de los perros y el destino de los ‘homeless’ que acampan aquí en estas tres manzanas cuadradas privilegiadas de intermitentes espacios verdes.

Arriba en la cúpula la visión es distinta: casi todo tiene un buen lejos… Nuestra ‘nieta’ Matilde se levanta de noche y, hechizada, se planta frente al muro de vidrio para contemplar el esplendor. A ella no le molesta el deterioro del proceso democrático y solo, como dijo Guido Di Tella, ‘goza la vista más imperial de todo Buenos Aires.’

La cúpula en si ocupa seis pisos interconectados por una antigua escalera caracol que va hilando los escuetos cuartos en una colección de espacios anecdóticos. Cada uno es distinto y más impráctico que el de arriba o más abajo. Mi hijo Tom la tomó hace unos años y la convirtió en un tesoro del diseño contemporáneo dentro de un engarce de imposiciones anacrónicas de la arquitectura itálica que tanto floreció en Buenos Aires.

La historia de la cúpula es tan errática como la del mismo país donde es un hito emblemático. Hace veinte años lo que se llaman el cupulín – de unos 10 metros de alto - quedó colgando después de una tormenta de viento. Fue quitado y tirado al lado del río. El dueño en aquel entonces resultó ser el cuñado de un cuñado, también de aquel entonces, mío – los tres con el nombre de Eduardo.

Eduardo Oliveira César, quien conocí como joven banquero se convirtió en pintor de un cierto éxito en París, y dejó la cúpula en manos de amigos al irse a Europa. Los amigos dejaron el lugar a otros y sucesivamente, hasta que solo quedó una ruina. Sin cupulín el agua entró torrencialmente, destrozando lo que los amigos no arruinaron. Lo compré así y juntó con las autoridades de la ciudad, logramos restaurar el cupulín y amenguar el flujo de agua. Fue dos años de pena con pequeños toques de gloria.

Hoy se alquila el lugar – sus seis niveles – por internet a extranjeros que buscan sentir el verdadero clima de Buenos Aires con su sabor agridulce. Un diplomático español aguantó subir los seis doble-pisos a pie por falta de ascensor, víctima una riña administrativa. Otros han sufrido cascadas de agua por los peldaños de la escalera caracol o goteras, por ejemplo, encima de la cama. Pero el folklore también tiene su precio en la era de hoteles uniformes y fomes, sin identidad nacional o carácter personal.

Venimos a Buenos Aires para hacer trámites: tengo que demostrar mi supervivencia cada tres meses, apareciendo vivo en la sucursal más cercana del Banco de la Nación Argentina, donde firmó un registro y me sacan una fotocopia de mi Documento Nacional de Identidad (DNI), en la cual las autoridades pusieron al revés mis nombres y apellidos, todo para recibir mi jubilación – que no logra pagar el viaje trimestral que debo hacer para realizar el trámite.

Mi ex-corredora de bolsa mandó unas acciones de una pequeña empresa en Salt Lake City para registrarlas en mi nombre y su corresponsal las perdió – una historia que ya lleva dos largos años. La visité para apurar la rectificación del error. El certificado de mi divorcio faltaba un último sello, el del Consulado de Chile en Buenos Aires. Una larga espera, un viaje para pagar 20 dólares a un banco cercano, de vuelta para entregar el recibo, y una visita el próximo día para recuperar el papel con su flamante sello y el recibito del banco abrochado al papel, como prueba definitiva de la disolución de mi primer matrimonio.

También hubo visitas con Tania y Tom, mis hijos, y las hijas de ellos. Y momentos breves pero gratos con algún que otro amigo. Los tres días trascurrieron a un ritmo que no dejó oportunidad de visitar museos o revolver librerías. Nada de compras. ¡Una contradicción imperdonable en una visita al París de Latino América!

Logramos comer memorablemente dos veces – una por la comida y la otra por la compañía, aunque las dos ocasiones fueron por supuesto una combinación de los dos propósitos. Quería almorzar con Horacio Costa, viejo amigo de extracción Radical con un estudio (abogado no artista) en el mismo edificio de la cúpula. Horacio tiene una manera muy personal, tal vez muy Radical, de ver el mundo de las inversiones globales. Me encanta intercambiar experiencias y posibilidades con él.

Horacio aceptó con la condición de ir con amigos. Siempre hemos gozado los compañeros de mesa que suele aportar Horacio, y esta vez no fue una excepción. Llegó a la cúpula con Elba Roulet – pilar de la política Radical – y un joven amigo con el cual Horacio almuerza todos los jueves. Nos faltaba el tercero – que por una confusión iba a encontrarse con nosotros en otro restaurant peruano. Como tenía casi noventa años, teníamos que prever el traslado de un restaurant al otro.

Yo esperaba un anciano casi inoperante. Imagine nuestra sorpresa cuando entró al Resaurant Chanchan un hombre de paso más liviano que el nuestro. Tomó la cabecera de la mesa, de una manera amena, y enseguida empezó a hilar anécdotas y cuentos sin parar. Pasamos tres horas entre pisco sours y bajativos peruanos, escuchando los relatos de un veterano de los pormenores de la vida política de los últimos setenta años. Horacio interrumpía cada media hora para darle una oportunidad de comer un bocado de ceviche.

Los temas cruzaron todas las líneas posibles. Conoció o conoce todo el mundo. Había acercado a Borges en muchas ocasiones y tenía un excelente anecdotario sobre el escritor: por ejemplo, un joven se acerca a ayudar a Borges cruzar Corrientes. Le dice: “Perdón, Borges, soy Peronista”. Borges responde: “Está bien, m’hijo, yo soy ciego también.”

Pensamos qué lujo estar tan vital, flexible y conectado a los 90. Horacio contó que está evaluando una nueva novia – joven – para acompañarlo cuando sea grande.

Tom tuvo menos suerte con Elba Roulet. Estaba en el proceso de organizar una muestra de fotos de obras del Arquitecto Salamone en el Centro Cultural Borges y, como Elba había sido vice-gobernador de la Provincia de Buenos Aires, imaginaba que tenían un tema en común. Ella nunca había oído de Salamone y sus 75 edificios municipales en todos los rincones de la provincia que gobernó.

Abandonamos el restaurant en bloque a las cinco de la tarde. Ya el personal estaba sentado en una mesa cercana, mirándonos fijo, como tratando de inducir nuestra retirada.

El otro almuerzo inolvidable fue el domingo en San Telmo. Fuimos con Tom para buscar ‘chandeliers’ para reemplazar uno magnífico de René Lalique que compramos hace 25 años en Montevideo y otro para el nuevo departamento de Santiago. Encontramos dos en un local del complejo del ex cine Cecil: eran nuevos pero de impecable diseño Deco. Ya teníamos los cuatro que queríamos para Santiago.

San Telmo crece y crece, ya para no creerlo – como ArteBA o la Feria del Libro. Son entretenciones al nivel europeo. Me acuerdo cuando José María Peña tuvo la idea y ejerció la voluntad para empezar el proyecto en 1967. ‘Peñita’ es el máximo héroe de la revitalización de San Telmo y el Centro: opera desde su ‘bunker’ en el ecléctico Museo de la Ciudad, otro invento suyo, del cual ha sido director ya más de 40 años. Lleva un perfil tan bajo que nadie ha querido desplazarlo y cada uno que trata de invadir su territorio se encuentra con la sorpresa que es inviolable. Tímido y tenaz, erudito con buen gusto y excelentes contactos, es el antitesis del burócrata de carrera – la excepción que confirma la regla…

Caminamos por la calle Defensa, que ya está convertida en peatonal del otro lado de la avenida Independencia para alojar cada domingo una creciente feria de artesanías y parentela de dudoso origen. Maravillados por todo que vimos, las mercancías, tiendas y sobre todo la masa humana, de una diversidad en constante expansión.

En la esquina con la calle México hay el Brasserie Petanque (Defensa 596, te 4342-7930/6794), un viejo boliche refaccionado por un joven chef francés con estilo y categoría. Combina lo clásico del barrio con toques contemporáneos internacionales y un menú de manjares inesperados en tal lugar. Ya, sin embargo, ha sido descubierto por los aficionados de la buena cocina del Barrio Norte y más allá: saludé a Teresa, la mujer de Clorinda Testa con un trío de damas conocidas y a un caballero elegante que me reconoció – sigo tratando de ponerle un nombre a la simpática cara.

Comimos un ‘tartare’ de salmón, una ensalada de ‘chevre chaud’, una ensalada ‘gourmande’, ‘creme brulé’ con sabor a pistaccio y para acompañarlo, un Humberto Canale Semillón – todo sumó 20 euros… El recuerdo sigue delicioso, original, bien servido y recomendable.

Buenos Aires terminó en una vorágine de detalles, idas y venidas y apuros. El último día cité a Manolo Mora y Araujo, presidente de la Universidad Torcuato Di Tella para hablar del futuro del centenar de cuadros que tenemos colgados en los dos edificios de la institución que empezó Guido hace 20 años. Como suele suceder, Manolo se encontró víctima de una marcha de protesta que cortó el cruce de un lado al otro del Centro y llegó atrasado. Nosotros teníamos que juntarnos en Núñez con Tania, Azul, Jazmín y Mora en una parrilla a un par de cuadras del colegio de las niñas de las 12:30 a 13:15.

Entre las corridas, encontré en la puerta del edificio a una pareja de alemanes de pinta intelectual elegante. Los saludé. Media hora después las encontré de nuevo en el ascensor bajado con el hijo de Osvaldo Giesso. En ese instante, habían comprado el cuarto piso de la Inmobiliaria, dos niveles debajo de la Cúpula, con una extraordinaria vista de la plaza y el Congreso. Los invité a conocer a su vecino Tom y recorrer la Cúpula. Al mismo tiempo llegó Manolo. Nos quedaba quince minutos para todos. Los alemanes subieron por la escalera caracol y tuvimos diez minutos con Manolo; los alemanes bajaron, Manolo subió a conocer los otros pisos, y huimos sin saludos, llegando justo a tiempo para el almuerzo con las nietas. Comimos el último bife de chorizo de Buenos Aires, y después del postre arrancamos rumbo Rosario, el auto lleno de lámparas, una selección de obras en papel de amigos para las paredes del nuevo nido y lo demás acumulado en el viaje.


La República de Rosario

Salimos de las garras de la gran Nación Argentina y entramos en la verdadera república de Rosario después de cuatro horas de camiones y vacas. Son ya quince años que no visito Rosario. En aquel entonces era una ciudad sin destino, a la deriva, con ganas de retomar las riendas de su propio desarrollo. La planta urbana tenía la triste patina de derrota, una falta de dinamismo, de construcción. Se sentía una fuerza subterránea en el mundo cultural, una conexión directa con Europa casi más vigorosa y autentica que en Buenos Aires.

La ciudad de Rosario es totalmente independiente… no debe favores a nadie. La una vez segunda ciudad del territorio no es capital de su provincia, Santa Fe, ni tiene los macabros lazos con las grotescas administraciones nacionales de turno que controlan los destinos de las demás ciudades del país. Esta autonomía garantiza una sorprendentemente consistente política administrativa, que no es necesariamente el caso de la provincia donde se encuentra.

Los intendentes de Rosario han sido socialistas desde la derrota del más reciente régimen militar – o sea casi 25 años de las mismas sanas actitudes hacia la ciudadanía y el manejo de sus platas. El resultado es una seguidilla de competentes y dedicados gobernantes y una ciudad más similar a lo añorada que lo real, especialmente en Latino América. Fundada en 1746, aglomera un millón de habitantes; creció como el puerto principal del interior, rival a Buenos Aires en el envío de granos y carnes a Europa. La costa del Río Paraná cuenta con más de 25 kilómetros de instalaciones portuarias, ya la mayoría recicladas para actividades de otro índole.

Todo es distinto al resto de Argentina: calles prolijas, gente cómoda, alguna próspera. Las instituciones funcionan como se debe. Hasta ‘Le Monde’ publicó una nota describiéndola como un destino cultural obligatorio. Fuimos para gozar este renacimiento cultural, provocado por un grupo de jóvenes con vuelo, energía y apoyo. Queríamos comprobar que la Argentina en manos de gente normal podía producir una sociedad con esperanza.

Nos dirigimos hacia la casa de Mauro Machado (La Paz 2991, te 341 432-9063), un artista cuarentón que vivía ya añares en una cómoda casa en un barrio residencial céntrico. Con la asistencia de dos transeúntes y un generoso hombre con su auto llegamos a la puerta de Mauro sin perdernos ni una vuelta. Conocí a Mauro en el primer taller de Guillermo Kuitca en Barracas – él venía todos los viernes en bus para asistir a las reuniones con Guillermo y se quedaba un par de días pintando. Lo conecté con el galerista George N’Namdi y tuvo su primera muestra individual internacional en Detroit – el paso inicial a una prolongada interacción con el mundo en diferentes actividades. Nunca sucumbió a la tentación de trasladarse afuera, ni a Buenos Aires. Como el mismo Kuitca, se maneja desde su casa. Mauro, artista de gran sensibilidad, impregna su obra con sustancias químicas que dan texturas y combinaciones especiales a la superficie, creando resultados repletos de misterio y belleza.

Como Rosario no tiene mercado ni estímulo para ocupar un artista ‘full-time’, Mauro, científico de origen, decidió volcarse a formar un centro cultural donde los jóvenes locales tendrían un lugar para entrar en contacto con lo que iba pasando en el mundo de las artes. Un amigo había comprado el edificio que cobijaba el prostíbulo más grande de Rosario – como inversión inmobiliaria y no actividad comercial. Mauro logró tomarlo en préstamo, formando una fundación que se llama ‘El Levante’ (Ricchieri 120, Pichincha, web – www. ellevante. com. ar).

Había la posibilidad que podíamos dormir en uno de los departamentos donde reciben artistas del exterior como residentes por períodos cortos. El local de Levante es enorme e intrincado. En la planta baja hay salas de exposición, aulas para clases, estudios para baile y un bar-restaurante. Pasando por unos pasillos y subiendo una precaria escalera, como habrán hecho miles de marineros y comerciantes en los tiempos aquellos, llegamos al sector destinado a las visitas.

Justo había llegado una artista rusa residente en Nueva York, Raya Dukham, y tenía sus pertenencias desplegados entre los dos departamentos. La saludamos, dándonos cuenta que no iba a haber cama para nosotros, y la dejamos en medio de un espacio genial para instalarse por unos meses.

Quería ver a Daniel García, otro pintor del grupo original del Taller de Kuitca. A lo largo de los años había acumulado una decena de sus obras y quería ver como se desarrollaba su carrera internacional desde Rosario. Tenía mis dudas. Tuvimos suerte: se presentaba un libro en el nuevo Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRO - Avenida de la Costa & Oroño) y Daniel participaba en el panel. Fuimos a buscarlo y conocer el nuevo complejo, armado en un enorme silo reciclado de nueve niveles.

Llegamos al séptimo nivel donde se presentaba ‘Industria Argentina: arte contemporáneo en construcción’, un compendio de las opiniones de 19 ‘movers & shakers’ en el mundo de las artes plásticas en el país. Cada uno escogió a dos artistas como promesa a futuro. Armado por la periodista Cristina Civale, el libro es un estudio fascinante en como el poder opera en el mercado del arte. Como suele suceder, hasta en Rosario, casi nadie acompaño a la autora en su presentación, y llegamos para encontrar el panel a solas consigo mismo.

Combiné con Daniel para ir a su taller en la mañana y también con Fernando Farina, el joven director de los dos museos más importantes de Rosario, para verlo en el Museo Castagnino (Av. Pellegrini 2202), y también visitar a dos artistas más, Carlos Herrera y Marcelo Villegas. El pequeño grupo se desintegró y salimos a comer con Mauro. Pasamos la noche en el Hotel Viena (Ovidio Lagos 555, te 0341 439-0037). El hotel era un perfecto ejemplo de lo que esperaba al vendedor viajero en sus giras por el país durante el último medio siglo: parco y poco atractivo, de mal gusto y poco mantenimiento.

Salí temprano hacia Fisherton, un suburbio residencial a unos 15 kilómetros en línea recta de Rosario por una avenida que iba cambiando de nombre hasta terminar en Eva Perón. Fue fácil encontrar la casa donde Daniel vive y trabaja (Friuli 160, esq. Eva Perón 8000, te 0341 451-5875). Entre libros y obras de amigos, el living conduce a un gran espacio rectangular donde el artista trabaja. Había una variedad de cuadros de distintas épocas. Daniel sigue pensando que el acto de pintar es una valida manera de expresarse: no participó en los tan anunciados funerales para la muerte de la pintura. Su obra es fuerte, demasiado para muchos, pero es duradera y de los pocos pintores latinoamericanos que sobrevivirán el juicio del tiempo.

Le pregunté como se defiende desde Rosario. Dijo que cinco coleccionistas habían llegado el año pasado de Europa, Estados Unidos y Buenos Aires – Rosario no está tan alejado del mercado como había imaginado. Compré un pequeño cuadro de un perro con un cartel que decía ‘AYUDAME’. Lo había pintado como donación para un beneficio a favor de animales domésticos pero el paquete se perdió en el Correo Argentino. El Correo lo devolvió a su casa tres meses después del remate, y así estaba disponible.

Volví al hotel para buscar a Bernardita y salimos a píe a la casa-taller de Marcelo Villegas (Catamarca 2654 B, te 439-5317), donde íbamos a encontrar a Carlos Herrera (15 586-3082). Marcelo vive en una suerte de conventillo a final de un largo pasillo en un compacto espacio de dos pisos conectados por escaleras precarias, con un acogedor jardín, una mujer diseñadora y una perra que se mueve sin cesar desde la cola como una elástica bailarina adolescente.

Raras veces hoy entro a un taller y veo algo que sé que voy a llevar. Lo mismo sucedió a Bernardita… El taller es un pequeño rectángulo con dos obras colgadas y una instalación de madera desmontado en el suelo. Marcelo no hace su obra sobre tela - lo hace perforando la tela, siempre de un solo color, con irregulares recortes geométricos. La tela cuelga sobre la superficie de la pared sin la intervención de un bastidor, produciendo un fuerte efecto, una invasión sutil del espacio. Pensé en Lucio Fontana y sus cuadros con tajos – otro rosarino interrumpiendo el espacio a través de la ausencia.

Una obra de color ladrillo de 130 x 160 centímetros nos fascinó. Bajamos para ver otras obras en el living, otro espacio escueto que conectaba con el taller de su mujer arriba. Nos gustó todo lo que vimos. Pedí el precio. Su respuesta superó mi estimativo por cincuenta por ciento: lo expliqué porqué y llegamos a un acuerdo. Justo en este momento llegó Carlos Herrera y Marcelo subió de nuevo para embalar la obra para nuestro viaje.

Carlos es un artista que arma instalaciones que integra en su obra fotográfica. Tiene mucho ingenio y humor, un ojo clínico y un manejo impecable de sus materiales. Sus fotos son alucinantes, la extensión de su singular visión de lo que lo rodea. Miramos la carpeta de fotos de objetos armados de frutas y verduras. Ya habíamos cubierto el presupuesto – en realidad, nunca habíamos pensado comprar obra actual. Rosario, sin embargo, resultó irresistible. Todavía la fotografía no cuaja con mi sensibilidad - o pragmatismo – de coleccionista. Pero casi pierdo la virginidad en el tema.

Felices, encontramos dos artistas desconocidos para nosotros, y recuperé dos amigos de muchos años. Todos están creciendo en su obra y en sus carreras, manejándose desde el distante Rosario. Buena parte de esta inserción de la ciudad ‘socialista’ se debe a las acciones de Fernando Farina, ingeniero civil y artista, gestor y director, crítico y profesor. Tuvo la suerte de merecer la confianza de intendentes con proyección que le dieron mano libre para convertir los museos de la ciudad en centros de arte activos y vigentes. Lo hizo con ánimo, criterio y empuje. Los resultados son sorprendentes: modelos para emular en cualquier ciudad de Sudamérica.

El Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino es un prócer en el tema en la Argentina y tiene una rica colección. Farina lo ha contemporanizado sin perder su sabor de tradición y calidad. Nos dio un breve tour del establecimiento: la muestra temporaria consistía en una yuxtaposición de obras de todos los tiempos de la coleción permanente, titulada ‘Joyas de la Corona’. Fue un estimulo ver obras quitadas de su contexto académico y puesto en juego con obras recientes. El humor y el espíritu de juego es lo que más llama la atención en Rosario.

Farina volvió a la reunión que interrumpió para acompañarnos. Nos despedimos de él, Marcelo y Graciela Sacco, otra sorprendente artista rosarina que no había vista en una quincena de años, y fuimos a ver con más tiempo el audaz MACRO adentro de su silo multicolor. El museo en si es difícil seguir: los espacios en cada nivel no son amplios y hay sectores que aún no están habilitados. Pero otra vez, se siente la energía y juventud en una propuesta que está encaminándose.

Compramos un catálogo de la reciente muestra de Antonio Seguí y dos afiches de Liliana Porter y fuimos a almorzar en la explanada entre el Museo y el río. ‘Davis – complejo gastronómico’ (Avenida de la Costa y Oroño, te 435-7142) es un gran restaurante de diseño contemporáneo con mucho estilo, con mesas al borde del agua. Comimos bien y partimos hacia Córdoba.

Tuvimos que parar en mitad del camino, un camino terrible, angosto, lleno de camiones y difícil de mantener un buen ritmo. Si promediamos mas de 100 kilómetros por hora entre Buenos Aires y Rosario, el rendimiento bajo a solo cincuenta entre Rosario y Córdoba, la segunda y tercera ciudades de la República Argentina. Pasamos la noche en Bell Ville, la capital deportiva del mediterráneo argentino. Compartimos el Hotel Central de Cachín Hermanos, SRL (J. Pío Angulo 532, te. 03534-414071) con varios equipos de bochas y una cantidad de jóvenes tenistas, todos compitiendo en distintos campeonatos.

El hotel tenía dos sedes una a cada lado de la avenida, con un inmenso cartel que cruza la calle. También tiene el único restaurant visible en el pequeño centro de la pequeña ciudad. Conseguimos el último cuarto en el hotel, dos escaleras para arriba: pequeño pero adecuado. Cenamos y desayunamos sin contratiempos, y partimos en la mañana para Córdoba.

Recuperando Córdoba

Habíamos llamado a la escultora Sara Galiasso (Pasaje Escuti 762, te 351 468-5705) para verla y nos invitó a quedar en su casa – estudio al lado de Paseo de las Artes, donde hay una feria de artesanías y antigüedades cada fin de semana, ubicación perfecta para nosotros. Uno de los proyectos principales en Córdoba era de conocer a Luis González Palma, fotógrafo guatemalteco, casado con una argentina de Misiones. Habíamos conocido su obra por primera vez en una muestra en el Museo de Artes Visuales en Santiago y nos quedó las ganas de conversar con él. Había escrito una columna en la revista ‘Capital’ y desde allí establecí el contacto.

Luis ofreció encontrarnos en el centro de Córdoba: vivía en Unquillo, a media hora. Pero nos gusta encontrar a los artistas en su hábitat natural y le dijimos que queríamos ir hasta Unquillo. Para llegar a Unquillo hay que pasar por Villa Allende. Decidimos almorzar allí: un chico en moto nos recomendó ‘Yepeto’, una parrilla, grande y profesional, al margen del pueblo. Del restaurant, llamé al escultor Tulio Romano (03543 433173). Vino a vernos al Yepeto y volvimos las cuatro cuadras a su casa para ver su obra reciente.

Conozco Tulio y su familia desde los años 80 y tengo varios de sus esculturas en madera. Aplica un cierto humor irónico a sus figuras, que suelen ser acróbatas, boxeadores, personajes pocos retratados por artistas de vanguardia. 2007 ha sido un año duro para Tulio: su mujer tuvo un cáncer y su recuperación ha sido lenta. Su preocupación ha debilitado su concentración y la obra no demuestra su habitual brío. Tenía una muestra preparada para enviar a la Galería Rubbers en Buenos Aires: obras sobrias y reflexivas. Nos incomodó sentir a toda la familia peleando las circunstancias.

Seguimos a Unquillo y luego al barrio donde vive Luis González Palma y su mujer Graciela De Oliveira con sus dos hijos, Alitzell y Alejandro (El Nevado 427, Barrio Cababa). El barrio quedaba retirado del pueblo por un camino de montaña y bordeado de árboles. Finalmente encontramos el lugar: la casa en si está plantada encima de una colina con vistas por todos lados. Luis bajó a recibirnos, es casi de mi estatura, enérgico, con una sonrisa que establece una inmediata complicidad. Subimos al nivel de una terraza donde nos instalamos para conocernos, los cuatro. Por suerte, todo fluía como entre viejos amigos, poniéndose al día con los vaivenes de los niños, y en nuestro caso, los diez nietos.

Entramos para mirar unas obras en la compu. No tiene nada en la casa. Imprime en Chicago y Buenos Aires y tiene un taller en el centro de Córdoba donde maneja la producción local. Graciela ya es parte de la operación, como la Heidi con Alvin Toffler o la Marie Claude con Christo. En este caso, ella titula toda la obra y se encarga de hacer textos para los catálogos. Vemos las fotos nuevas, ahora con color: mantienen el mismo equilibrio de fuerza y belleza. De la obra de Luis, hay que volver a usar el término ‘bello’, tan trillado que generalmente solo sirve para describir una cierta clase de niños y mujeres.

Subimos al escondite de Luis, unos niveles más arriba, donde vemos el sitio donde van a construir el hogar ‘definitivo’ – ya se decidieron que van a permanecer en Unquillo. La vista es amplia, variada y atrapante. Ya la tarde terminó y nos vamos, felices de haber encontrado nuevos amigos y triste de no haber visto más fotos.

En la vuelta a lo de Sara, paramos en una suerte de anticuario – titulo concedido con harta generosidad – donde encontramos una vieja manta catamarqueña bordada con flores sobre un fondo blanco, manchado con el color rosa de una de ellas. Peleo el precio hasta un monto que me satisface y la metemos en el auto junto con los demás tesoros. El camino al centro es rápido y pronto encontramos el pasaje donde Sara convirtió un galpón en palacio. Tiene una particularidad que nos encantó la primera vez que la vimos: se puede estacionar dos autos en el living.

La casa/taller/sala de exposición deambula por el espacio, cambiando de niveles y formatos en el camino. Es una situación ideal: qué suerte tuvimos que con solo 24 horas de preaviso, Sara nos invitó. Nos instalamos, mirando la obra que se desplegaba por todo el territorio del lugar, colgada del techo, en los pequeños patios, acostada, apoyada, amontonada, despedazada, fragmentada, tapada con trapos, maderas, piedras, metales, materiales en vía de inclusión, tablas rústicas, palos con potencial – el arsenal de un artista en plena actividad.

Sara combina los materiales con cariño y fervor, logrando una magia de síntesis que asombra al ojo. Está preparando una retrospectiva en el museo municipal de Córdoba, un desafío fundamental para ella y su carrera. Salimos a comer en la noche a la terraza en el segundo piso de un boliche en frente de la feria, donde se goza el animado barrio. De repente, sentimos un ruido cercano y un grito: una joven gringa había tropezado con la punta de mi silla. Se desparramó entera por el suelo con un golpe que hizo vibrar la precaria terraza. Volvemos a casa a dormir, ya cansados de la ruta y las visitas. Mañana recorreríamos la feria y a la tardecita iríamos al Centro de Arte Contemporáneo en Chateau Carreras, cerca del estadio de fútbol de la ciudad, donde una artista amiga Maria Finocchietti (Diagonal Espinosa 1980, Jardín Espinosa te 464-0160) cerraba su muestra retrospectiva con una gira guiada.

Volvimos a la feria. A nuestra sorpresa, acostumbrados a San Telmo, encontramos todo cerrado - hasta las cinco de la tarde… Caminamos de vuelta a la casa de Sara por el prolijo Pasaje Escuti, prolijo gracias a los esfuerzos de ella, que convenció a los vecinos que sería más agradable vivir en un ambiente ordenado, un sueño que logró cumplirse. Llamé algunos amigos para ver si sería posible verlos. Rosa María González y su marido Oscar Bracamonte (Betania 3284, Bajo Palermo, te 351 453-4538 / 481-4587) tenían un almuerzo familiar pero iban a tratar de pasar de todos modos – un almuerzo familiar de domingo en Córdoba puede durar hasta las 10 de la noche.

Lograron llegar en camino al almuerzo con sus dos hijos. Rosa es una artista fuera de serie y Oscar es poeta: los chicos son de estas edades conflictivas – pueden ser geniales o pueden ser insoportables, como Oscar los describe en su carta anual a los amigos. Rosa hace collages en cajas de una ternura con garra que sorprende. El Museo Municipal la había hecho una exposición importante este año y toda la familia seguía celebrando el reconocimiento que merecidamente recibió. Ha regalado a Bernardita varias obras: el entusiasmo de Berni no conoce límites cuando desborda. En una ocasión en Chile, le quitó la camisa pintada por ella y la cambió por otra. Aun usa aquel trofeo…

Oscar suele hablar con autoridad sin freno, pero su poesía es la esencia pura: usa escasas palabras para trasmitir grandes ideas. “Sólo puedes pretender ser puerto de partida para tus hijos - y sin embargo duele.” Sensible y sensato, va hilvanando perlitas de síntesis con destreza y decoro en su último libro Ábrete Sésamo (Alción Editora, 2006). Le quitó el ejemplar que había dado a Sara para dedicarlo a nosotros. (Ojalá que se acuerde de reemplazarlo). Es una pareja deliciosa, de esas especies en vías de extinción.

A las cinco en punto cruzamos La Cañada, el arroyo que tímidamente cruza entre las calles de la ciudad y nos metimos en los anticuarios: las artesanías fueron simplemente atroces y en cantidades industriales. Bernardita encontró dos fuentes Art Deco de diseño digno de la época en 10 euros cada uno y varios cucharas y tenedores para servir la mesa del mismo período. Volvimos a casa para partir de nuevo. Había encontrado otro amigo artista, Fernando Allievi, que vivía cerca de Chateau Carreras, y nos quedamos en pasar por su casa nueva para tomar algo antes de prender viaje hacia las sierras y luego Mendoza.

Cargamos el auto y partimos con Sara en los dos vehículos para la muestra de María. El Centro es un emprendimiento de Antonio Seguí: lo he seguido desde sus inicios y traté en aquel entonces conseguirles fondos, sin mayor éxito. Me acuerdo la inauguración: Antonio había convencido a su compañero de colegio, el entonces gobernador Eduardo Angelóz de prestar la vetusta mansión a una fundación que fundaría un centro de artes visuales contemporáneos para la cuidad. Logró convertir la iniciativa en realidad y el Centro ya es parte del paisaje cultural de la cuidad. En la inauguración, Antonio dio un discurso con el mismo tono de voz de generaciones de políticos cordobeses, logrando gritar en los momentos precisos y aclamar cuando hacía falta.

Hoy el Centro florece bajo el mando del artista Jorge Torres, que empezó su carrera como operador cultural allí hace unos años, don que se ha perfeccionado con la práctica. La muestra de María ocupaba cinco salas – una con una emocionante instalación, todo de un pálido blanco. Condujo el tour guiado con simpatía y autoridad, compartiendo la palabra con la curadora, que supo explicar los misterios del arte contemporáneo con claridad y sencillez. Logré conseguir un encargo: un texto de catálogo para Oscar Páez, artista amigo, cuyo catálogo de la Galería Ática lo prologué en los años 80. Comimos sándwiches de tajadas de media res asada colocada en todo su esplendor sobre una mesa en el patio central, acompañada con un rico vino.

Sara nos guió a la casa de Fernando Allievi (351 425-6052) y su familia – una nueva sede, grande con jardín y pileta, y una colección de cuadros de todos los valores de Córdoba. Fernando es un artista generoso – devuelve parte de su éxito a la comunidad, comprando y apoyando otros artistas. Cuando nos gustaron unas fotos, instantáneamente llamó a la artista, Adriana Bustos (3543 427869 / 351 15 540-1598) convenciéndola de dejar la cena en donde se encontraba para venir y conocernos. Llegó una hora más tarde y pasamos un buen rato charlando con ella en el jardín. Construye su obra de temas anecdóticos que encuentra en el camino: retratos de caballos de cartoneros, burros lisiados del este de Europa viviendo su vejez en Inglaterra…

Llegamos a destiempo y salimos a las 11:30 sin haber tomado o comido nada, rumbo un hotel en el camino hacia Mendoza. No teníamos claro que iba a ser nuestro destino, pero la ruta nos llevó a Villa Carlos Paz, la cosa más parecida que Córdoba ofrece al estilo de Las Vegas. Allí cenamos en una bomba de benzina y trasnochamos en el Hotel Kin (Av. San Martín, esq. Gob. Roca, te 03541 421545). El Hotel Kin intenta instilar el clima de Las Vegas en su ambientación. Pero no creo que ninguno de los emprendedores de Villa Carlos Paz haya visitado la Meca del Pecado del norte.

La avenida principal del pueblo es alucinante: alude a un mundo totalmente ajeno a los valores tradicionales cordobeses. Todo es luces de neón y palmeras, ventas de condominios y piletas gigantes, con un ‘look’ de los años 1950. El hotel podría ser para parejas de pasiones breves o para familias: a nosotros nos tratan como familia. No hay nadie más que la dueña, robusta y llamativa. Nos sirve un buen desayuno después de una noche en un cuarto decorado de dudoso gusto. Nos vamos felices.

Habíamos visto una ferretería (MS Construcción en Seco) que vendía escaleras de madera, elemento utilitario indispensable que no habíamos encontrado en Santiago. Compramos el modelo ‘número 342 tamaño familiar 6 peldaños’, que cabía justo en el auto y luego debajo de la cama. Después de idas y venidas, nos dieron una bonificación de 0.10% o sea 10 centavos de peso…

El camino por las sierras de Córdoba es pintoresco: paisajes de rocas y manadas de cabras. Tenemos unas nueve horas hasta Mendoza, la mayor parte pasando por la Provincia de San Luis, donde los hermanos Rodríguez Saa han hecho carreteras de cuatro carriles de un lado al otro de territorio desértico. Bajamos de los cerros a la ciudad de Villa Dolores para almorzar. Buscamos un lugar a la entrada de la ciudad. Preguntamos a un joven que nos mandó devuelta a las afueras. “No hay nada que vale la pena en el pueblo…”

Al retroceder pasamos un lugar con buena pinta pero no había actividad. Retrocedemos a una parrilla cuya única clientela fue los turistas de un gran bus lleno de brasileros. La parrilla restaurante Lomas (Ruta 14, Villa Dolores, Traslasierra, te 03544 421788) nos sirvió un buen bife de chorizo con la ensalada mixta de siempre y una botella de Etchart Torrontes. Había un viento que casi voló a los brasileros cuando volvieron a su bus, enviando sombreros hacia el sureste.

Las cinco horas de San Luis no ofrecieron ni vistas, solo viento, polvo, y páramos. Llegando a la capital, no estaba marcado el desvío a Mendoza y tuvimos que retroceder una veintena de kilómetros para retomar la ruta directa. Al salir del paraíso caminero de San Luis, la ruta volvió pesado y lento, hasta las cercanías de la ciudad de Mendoza. Otra vez los camiones alentaban el ritmo y el paisaje, algo más grato que San Luis, aún faltaba el estímulo para pasarlo bien.

Una pasada por Mendoza

Decidimos evitar la ciudad e ir a un suburbio antiguo en vías de aburguesarse: Chacras de Coria. Nos perdimos en los viejos caminos, siguiendo instrucciones que solo nos enredaron más. Finalmente llegamos al destino: el Parador del Ángel de María Marta Cortés y Daniel Alessio (te 261 496-2201). Lucy Pujals de Pescarmona nos recomendó el parador y nos reservó una habitación: quedaba a una cuadra larga de su casa.

Llegamos después de la puesta del sol y nos encontramos en un lugar que sí merece el titulo ‘paradisiaco’. La joven pareja, María Marta y Daniel, habían armado una hostería ‘boutique’ – como dicen los pitucos hoy – aprovechando de una casona vieja y sus instalaciones. La armonía entre los jardines y la edificación, que cubren casi una manzana, creaba un clima de paz y tranquilidad. La decoración combinaba objetos de campo, pintados audazmente estilo Memphis con los cuadros de la madre de dueña, Marita Lavoisier. En realidad toda la familia había participado en la restauración, tíos carpinteros, mueblistas y escultores con la dirección de la pareja, que tenía clarísimo el clima que querían lograr.

Cada una de las ocho espaciosas habitaciones seguía la línea de la decoración global y no tenía ni teléfono, televisor o frigobar. Uno tenía que crear su propio entretenimiento, vivir del mundo interior. En un rincón de la propiedad había un edificio independiente con un televisor y un computador con internet, con la cual logré reconectarme con mi mundo exterior. En las mañanas, se sirve un desayuno con jugo con naranjas de verdad recién exprimida, pan recién hecho, dulces caseros y un convincente café. No hay ni almuerzo o cena, pero uno puede traer una botella de vino de la región y tomarla en el cuarto o frente al televisor.

Lucy nos invitó a almorzar en su casa. Los Pescarmona son los empleadores más grandes de Mendoza, con unas 8.000 personas a su cargo, la mayor parte de ellos ingenieros. Las empresas operan en todo el mundo, preparando proyectos de infraestructura de todo tipo. La casa es el hogar en donde los hijos se criaron y ya grandes, se fueron. Enrique y Lucy viven entre cuadros y colecciones de objetos acumulados a lo largo de los años y los viajes. Grandes jardines y patios rodean la cómoda casa.

Almorzamos con Julieta G. (0261 155 101017), que inventó y dirige el museo/galería de la bodega Salentein en Tupungato. Al estilo de la Hess Collection en California, los dueños han hábilmente combinado los mejor de dos mundos: arte y vino. La idea de la galería es promover jóvenes artistas de la región y lo han hecho con mucho éxito en términos de ventas. ¡Nos queda un programa para la vuelta!

Lucy, atenta a todo lo que pasa a su alrededor y más lejos aún, nos describe la triste realidad de Mendoza. No tuvo la suerte de Rosario y las administraciones han caído últimamente en manos de políticos peronistas. La ciudad se ha empobrecido, se ve sucia, todos miran a la gran teta del Estado para su supervivencia. Lo que fue la cuidad-jardín de la República ya pasó a ser otra de las capitales del noroeste con su caudillismo y dependencia del clientelismo. Pero en Chacras de Coria no se nota está verdad y los habitantes del pueblo parecen vivir lejos en el tiempo de la actualidad sociocultural que domina el resto del país.

En los dos días que quedamos en el pueblo, sin pensar en transitar los veinte kilómetros a la ciudad, encontramos un par de muy buenos restaurantes. Mar & Monte (Darragueira 648, te 0261 496-5164) es entre los mejores que hemos encontrado en mucho tiempo. Tiene su sede en la ciudad bajo el mando del reconocido chef chileno (con 25 años en Mendoza) Aldo Ansaldi. Su alumno Gustavo Carmona está encargado de la cocina en Chacras y se esmera preparando un imaginativo y delicioso menú. Compartimos el ‘Chivito con hongos en reducción de Malbec y arroz con queso’. Nos dimos cuenta que el chivito tenía su lugar más allá de la parrilla.

El otro lugar fue Karma (Italia 6055, te 0261 496-1731), cuyo dueño Karma Apo Tsang es un tibetano que vino a Mendoza para actuar con Brad Pitt en una película supuestamente puesta en Asia y decidió quedarse. Probamos las especialidades: ‘Asian Soup’ y un ‘Eye Rib Aludum’ con pan ‘Paratha’ y una botella de Portillo Sauvignon Blanc. Diferente y por momentos sorprendente. Apo Tsang ha logrado integrar los productos locales con los orientales que consigue para producir una válida ‘fusión’ este/oeste que uno no espera encontrar en las afueras de un pueblo mendocino, pero hoy en día las sorpresas culinarias exóticas son muchas y encontrables en casi cualquier parte.

Después del desayuno del último día partimos, con el auto repleto, hacia la frontera. Subimos al borde del Río Mendoza hacia Uspallata, gozando de un perfecto día soleado y una vista de fantasía. Almorzamos por supuesto en La Estancia de Elías, esta vez, un cabrito asado a los brasas con vino de la casa y una abundante ensalada, y seguimos hacia la frontera. No tuvimos ningún incidente con las autoridades. Una joven inspectora nos revisó el auto con celeridad y cuidado, pero no topó con ninguna máscara africana u objeto oceánico. Nos salvamos de la debacle del anterior viaje cuando nos quitaron varios morteros de madera, antiguos y sospechosos, por violar las normas contra la introducción de plagas.

Felices, bajamos de la cordillera y tomamos la ruta a Santiago. Llegamos al departamento, sanos y salvos, con el cargamento de hallazgos en perfecto estado. El periplo resultó ser una peregrinación a satisfacer todos los sentidos e inquietudes: lugares, gente, hospedajes, comidas, estímulos culturales y sociales, en fin, una inmersión en la vida misma, compartido con familia, amigos, algunos nuevos, algunos viejos, algunos prestados, algunos apropiados.


_















Viaje a la pampa 3

2. Pasado: la ruta de Salamone

Mis proyectos divertidos se convierten en pasiones, hasta obsesiones, a lo largo. Cuando vi por primera vez fotografías de las obras arquitectónicas de Francisco Salamone, tomadas por un compañero de las rutas contrarias, Alberto Bellucci, perenne gozador de los flagelos administrativos estatales, me produjo una suerte de mórbida fascinación. Hablaron de un pasado cuya dignidad es difícil de justificar… una evaluación que supera su valor intrínseco edilicio.

Vienen a la pantalla de los recuerdos ciertos edificios Art Deco de Miami Beach en la época de su dorada decadencia, en los 1950, cuando cada tesoro del diseño típico de los 1930 fue poblado con media docena de decrépitos jubilados manteniendo el tenue ritmo de un vals con los vaivenes de sus sillas hamacas. Todo en un pausado deterioro – gente, muebles, inmuebles.

U otro ejemplo: Las Vegas de los 1960, cuando el pecado pasó a pantalones largos y logró una reocupación del Viejo Oeste. Las Vegas del asesinato del tigre del ‘ring’, Ringo Bonavena en un hipermercado del sexo, aquel rancho-burdel de Barbie-putas, donde algún enojón lo mató a balas, el Las Vegas del ‘Rat Pack’ de Frank Sinatra y Cía., el reinado abierto de la Mafia, con una arquitectura recordatoria de sus valores, que reflejaba la gloria del azar y sus actividades afines. La arquitectura de los malos chistes…

Las estrafalarias estructuras de Francisco Salamone, oriundo de Italia, no de Sicilia como lo acusan las malas lenguas, sino de Calabria, me hicieron eco de este espíritu fronterizo, donde el hombre, libre de códigos, conquista un nuevo espacio con la libertad de libertinaje, donde todo vale, y la construye al compás de sus fantasías. Miami: sol calentando la desolación; Las Vegas: desierto atenuado por la tentación; y los extremos de la Provincia de Buenos Aires: iconos eternizando los emblemas de Familia, Autoridad Terrenal y el Reino de Díos en duradero cemento reforzado en pueblos que empezaron como fortines.

Esta pasajera introducción a las fotos de los portales de cementerios, mataderos modelos, y municipalidades grandilocuentes de Francisco Salamone rondaban en los esquivos archivos de la memoria. Pero nunca relacionada con Argentina. Valía la pena divulgarla. Produjimos aquella publicación sobre el arte decorativo y propagandístico de la Argentina – con el Angel de la Guarda del cementerio de Azul de Salamone en la tapa – para la Fundación Wolfsonian – y nos sorprendimos con la entusiasmada respuesta que recibimos– sobre todo por las fotos de Bellucci.

Fuimos con él, Ernesto Katzenstein y José María Peña, también arquitectos de iniciativas y gustos propios, para presentar ‘The Argentine Issue’ del ‘Journal of Decorative and Propagandistic Arts’ en el ahora Museo de Arte Contemporáneo de Miami. Fue el debut de la obra de Salamone en el exterior. Aún le faltaba un evento similar en la Argentina, que pronto se cumplió con su lanzamiento en sociedad en el Museo Nacional de Artes Decorativas (Alberto Bellucci - director).

Ni su familia tenía documentación de sus 70 edificios, colocados aparentemente por el azar en unos 25 pueblos a través de la Provincia de Buenos Aires. Seguían la línea de guarniciones militares que defendía la pampa de los indios hace un poco más de un siglo. Tampoco las autoridades competentes tenían registro del paso de Salamone. Los hacedores en la Argentina prestan poca atención al Estado donde sus funcionarios, no rinde ningún rédito.

Salamone no se molestó en presentar sus proyectos a los entes correspondientes de la provincia. Trabajaba directamente bajo los ordenes del Gobernador, Juan Manuel Fresco – figura autoritaria de eventual tinte nazi de la ‘década infame’. Salamone convencía directamente a los intendentes de cada lugar del valor de tener ejemplos de sus edificios, y entre Fresco y sus aliados locales, la voluntad política y la plata aparecían como por arte de magia.

Cada pueblo sería beneficiario de una municipalidad con torre (y reloj) más alto que la de la iglesia adyacente, y en sus afueras de un cementerio que haría recordar a los muertos de la gloria de Díos y sus representantes en la tierra – los capos del Estado y el clero. Saliendo por otro camino, un matadero modelo con torre también, santificaba la brutal tarea de convertir reses en el principal sustento del alma argentina.

Salamone construyó sus 75 edificios en tres años – 1937-1939 - sin que nadie del Establishment porteño se diera cuenta. Empezó como constructor de caminos en lejanas provincias y después de un breve exilio financiero en Uruguay, volvió a construir más rutas y pavimentar más calles urbanas. De 1939 a su muerte en 1959, solo construyó dos casas de departamentos en la ciudad de Buenos Aires, una de ellas al lado del Hotel Alvear Palace. Ninguno de los rasgos de su genial intervención en la pampa llegó a la capital; solo un bosquejo de una enorme torre puesta estratégicamente donde la Avenida de Mayo cruza la Avenida Nueve de Julio, una sede propuesta para todas las delegaciones de las provincias en la capital federal. Nunca fue considerado como factible.

Fue gracias a un gringo insólito, Micky Wolfson, que Salamone se escapó del anonimato total. A nadie en el país se le ocurrió hilar la cadena de obras en pueblos en paraderos donde ningún porteño con inquietudes culturosas pisaría, que entre los cuales quedaban centenares de kilómetros y visitarlos todos implicaría una gira de más de 2.000 kilómetros.

Micky Wolfson apareció por primera vez en mi radar en el año 1995 cuando donó un millón de dólares al Museo de Arte de nuestra universidad, Princeton, y llevaba el cheque en su propio vagón de tren hasta la pequeña estación en aquel pueblo de New Jersey. Me parecía alguien que valía la pena conocer. Un año después, por estas casualidades que enriquecen la vida, Micky llegó a Buenos Aires y lo conocí en una cena en la casa de Miranda Green.

De este viaje salió el proyecto de la publicación. Después del pequeño furor que produjo, Salamone volvió a la tumba de los arquitectos desconocidos. Cuatro alumnos de arquitectura habían hecho su tesis sobre las obras en un par de pueblos en 1983: nunca fue publicada. En los noventa nadie publicó nada en Argentina. Había un grupo de Salamonéfilos en la paupérrima Universidad de La Plata, pero no había ni presupuesto para tomar un bus a uno de los pueblos cercanos para ver la obra.

Micky Wolfson es un ser persistente y consecuente, producto que solo florece a desmedidas dimensiones en los Estados Unidos. Heredero del magnate de la televisión del sur de Florida, dedicó su legado y su energía a obras de beneficencia de su gusto – sobre todo la educación. Buscó un rincón aún no descubierto por los coleccionistas ‘profesionales’, lo descubrió y armó una acumulación de mas de 100.000 piezas con hogares en un castillo en Génova y varios edificios Art Deco en Miami. Su tema: las artes decorativas y propagandísticas entre 1876 y 1945. Ningún gringo con pretensiones de propulsarse a la estratósfera de la sociedad consideraría este tema digno de su tiempo y plata.

En 1995 decidió emprender un viaje en torno de todas las ex-colonias británicas. Gustelo o no, la Argentina aparecía – económicamente – en la lista de los lugares que una vez figuraban en rosado en gran proporción del globo. La meta principal de Micky en aquel retorno a Argentina fue ver de cerca los edificios de Salamone. Todavía ningún argentino había hecho la gira. Me invitó a acompañarlo y las tres damas que viajaba con él, dos de Estados Unidos y una porteña, Puppe Mandl. Aquel fin de semana del invierno de 1996 detonó el descubrimiento y puesta en marcha de la revalidación de Francisco Salamone y del alcance de su obra.

Viajamos tres horas en el tren de la noche a Azul. Los trenes son otra pasión de Micky: guardaba los vagones que coleccionaba en un hangar en el Zoo de Miami, hasta que el huracán Andrew los aplastó, derrumbando el techo sobre ellos. Llegamos a Azul en esas horas que no son de noche ni de día, cuando nadie deambula por ninguna parte. Dormimos el rato que nos quedó hasta el alba, y comenzamos el periplo por los pueblos abarcables en dos días desde Azul, o sea, Coronel Pringles, Laprida, Saldungaray y Pellegrini. Luego dormimos en Bahía Blanca, donde los personajes culturales nos recibieron con brazos abiertos. Al volver, había un error en las reservas y el avión nuestro había partido el día anterior. Los tres extranjeros tenían conexiones con vuelos a casa esta misma noche. Mickey, implacable, alquiló una avioneta para llevarnos a Ezeiza, un vuelo de terror en plena tormenta, el feroz final a una historia con felices repercusiones.

Saqué fotos de todo lo que vimos relacionado a Salamone y armé una carpeta, en principio para el goce de Micky. Los amigos que la vieron quedaron tan impactados que decidí tratar de armar una exposición sobre la mágica obra de Salamone. Una amiga, Susana López Merino ocupaba el puesto de directora de cultura en Mar del Plata, y ella me presentó a Luis Verdi, el entonces capo de la cultura de toda la provincia. Le gustó el proyecto y aceptó financiarlo. Así con los vaivenes normales del caso, logramos con la colaboración directa de mis hijos, Tania y sobre todo Tom, y la ayuda de muchos, presentar fotos de unos sesenta y pico de obras en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires en noviembre de 1997, en el contexto de la Bienal Internacional de Arquitectura. Los primeros en aplaudir el esfuerzo fueron César Pelli, Mario Botto, Norman Foster y Rem Koolhaus. Allí empezó la cadena: Mar del Plata, varios de los pueblos en donde se originó la obra, y gracias a la intervención de Pampa Risso Patrón, la muestra fue aceptada en FotoFest 1998 y expuesta en el museo de la Universidad de Houston. Luego viajó a la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile, acumulando metros de comentarios en la prensa escrita y horas de televisión y radio.
Hasta en la misma Argentina empezaron a darle bolilla a Salamone.

Algunos arquitectos de Buenos Aires escribieron notas sobre la exposición. La Universidad de Mar del Plata sacó un libro técnico sobre parte de la obra – ¡solo 45 años después del hecho! Sin embargo, Salamone y su obra seguían flotando sin el reconocimiento que merecían. Mi hijo Tom diseñó una muestra para comparar el estado de los edificios en 1997 con su situación actual, en tomas hechos por otros dos fotógrafos, Gabriel Cano y Bebe Tesio. Fue presentado en el Centro Cultural Borges en octubre de 2007. En el ínterin las obras habían sido descubiertas por artistas: Marcos López hizo una emblemática foto de la cruz de bajo de las aguas de la laguna Pequén en Carhué – por suerte, antes de que las autoridades locales construyeron un paso peatonal elevado para acercarse a la obra -- y Esteban Pastorino una perturbadora serie de nocturnos de varios edificios. Para mí, ya el paso definitivo se produjo: Salamone entró en el léxico de otros artistas, no los académicos sino los auténticos.

A todo eso, desde la frontera de la Provincia de la Pampa uno está a un paso de la ‘Ruta de Salamone’, y una parte de mi proyecto del viaje fue mostrarle a Bernardita una selección acotada de la obra del maestro.

Volvemos al viaje y sus acontecimientos. Salimos de nuestro nido en Sarah rumbo la Provincia de Buenos Aires, que cubre 307.000 kilómetros cuadrados. Volvimos a la Ruta 188 y sus sucesivos carteles que ordenan la vida del viajero.

Mis parámetros para viajes en auto vienen de los pequeños caminos de Europa – Inglaterra, Francia, Italia, Portugal - donde se puede combinar relajantes paisajes rurales, iconos arquitectónicos, fabulosos restaurants y cómodas hosterías económicas. Generalmente ninguna de los integrantes de esta formula esta disponible en Latino América. Las excepciones tradicionales son el sur de México y la ruta del barroco en Brasil: donde se ofrece buena relación costo-beneficio como te suelen decir los vendedores de vinos de las rutas chilenas. La Argentina nunca se ha esmerado en su trato y cuidado del bien estar del viajero, pero ya está mejorando notablemente.

Partimos rumbo a la Provincia de Buenos Aires sin grandes expectativas en términos del confort y acogida. Los últimos kilómetros de La Pampa, finalmente bajo un sol radiante, levantaron el ánimo y hasta produjo un cierto grado de optimismo. Campos arados, praderas sembradas, otras ya verdes con manchas de negro, de marrón, de blanco, masas de animales consumiendo revitalizados pastos primaverales.

Las lagunas al costado del camino sorprenden: familia de flamencos agregan un color rosado a los tonos de tierras predominantes, parejas de patos, hasta solitarias cigüeñas paradas, como ‘hitchhikers’ en espera de transporte gratuito. La naturaleza parece adaptar las costumbres del progreso a su andar.

Entramos en el pueblo (los nativos dirían incipiente ciudad) de Intendente Alvear para cambiar plata. En el Banco de la Nación Argentina, el cajero me anunció en voz contundente: “Banco Nación no compra dólares”. Me sorprendió la actitud y salí en busca del único otro banco del ‘pueblo’. Ya subiendo al auto, me paran dos jóvenes, preguntándome si quiero comprar pesos – uno era empleado del mismo Banco Nación… Les vendí en plena calle cuatro billetes de cien dólares y el ‘banquero’, como yapa, me aconsejó no aceptar ningún billete argentino con la inscripción estampada: ‘No a las pasteleras´ o ‘No a Botnia’. “El Banco los ha declarado sin valor”. Veteranos de los Patacones, los bonos provincianos, y demás aberraciones de la moneda argentina, un sencillo sello conmemorando la bronca nacional contra los hermanos uruguayos no nos iba a afectar en lo más mínimo.

Con este preaviso asimilado, buscamos un restaurant. Encontramos “La Cuadra” de Enrique Carlos Velcott (Calle 25 de Mayo 1138, te. 02302-15 414131), aparentemente el único en Intendente Alvear, donde don Carlos nos sirvió – a solas con el televisor y su suegra – un surtido de fiambres de su elaboración: pío nono, jamón crudo, matambre, lechón en escabeche y rollo primavera, todos frescos y sabrosos. Nuestro anfitrión había dejado la albañilería por la cocina hace poco y tenía buena mano.

Cruzamos la línea imaginaria que separa La Pampa de Buenos Aires sin darnos cuenta. Fuimos directamente a Pellegrini, la primera escala en la Ruta de Salamone. Es un buen pueblo para empezar el adoctrinamiento de Bernardita en la locura de Francisco Salamone.

Pellegrini es un típico pueblo de la pampa bonaerense, armado como un tablero de ajedrez, que irradia desde la plaza principal hacia el mar de campo a su alrededor. Un centro cívico se conforma con los tres iconos principales de la vida argentina: municipalidad, iglesia y banco. Lo rodean los anillos de comercios y residencias, todos de uno o dos pisos de altura. Pellegrini tuvo su pequeño salto a la inmortalidad – sin darse cuenta – cuando Salamone proyectó y construyó la municipalidad en 1937. El edificio, un faro blanco como pene erguido, pasa desapercibido por los púdicos residentes. Nadie se da cuenta de su protagónica presencia. Como el rey sin ropa, todos lo obvian con modestia si no repulsión. Como un defecto físico demasiado intruso, la municipalidad de Salamone cumple su función, pero sin deleitar a sus usuarios. Cualquier edificio vale, da lo mismo.

La municipalidad de Salamone está rodeada por un amplio parque, no en forma de plaza, sino de espacio verde, con caminos de baldosas estilo Copacabana, lámparas extravagantes, bancos de plaza de cemento con reminiscencias Art Deco, un festín de mal gusto para algunos, una celebración del espacio para otros. La imponente torre de Salamone con su reloj que recuerda que la vida camina con pasos gigantes hacia su fin, y que tú, ciudadano, te vas, pero yo, emblema de la autoridad terrenal, persisto. De todos modos, Salamone también realzaba el impacto de los cementerios para asegurarse la inmortalidad como artista…

Pueblos enteros han vivido bajo la impronta de Salamone sin darse cuenta. Para alguien que nunca vio otra cosa, un edificio de Salamone es el denominador común de la construcción municipal. Sus interferencias en el horizonte de la pampa ya conforman parte de la experiencia colectiva. Somos pocos los que reconocen en su obsesión un grito para cambiar el status quo y poblar el paisaje con hitos de una filosofía política pasajera.

Otra faceta de la sagacidad de Salamone es su tratamiento del matadero. Todos los pueblos de la pampa tenían su matadero. El matadero como el cementerio se ubicaba lejos de la cotidianeidad – fueron temas de los demonios que intentaban contra la vida. Salamone fue el antitesis del hindú en su visión de la realidad de las cosas y sus versiones pulidas para el consumo general. La muerte como tema duele, y por eso se esconde. Pero aún escondido, debe ejercer su predominio en los ciclos de la vida.

Para Salamone, el matadero era también un templo que merecía su torre a la par de una municipalidad. La actividad de faenar carne para Salamone era tan importante que la de las leyes o de la contabilidad. La carne fue la base de la formación física de cada argentino, de la fibra casi teutónica de cada joven que iba a construir la nueva Argentina que la visión del gobernador Fresco y la arquitectura de Salamone implicaba.

La municipalidad quedó como modelo de administración cívica en vigencia, el cementerio como el lugar de intercambio entre la tierra y el cielo, pero el matadero perdió su papel. La carne se globalizó y su preparación para la exportación pasó a las manos de los grandes, dejando los mataderos de pueblo sin función. El matadero de Pellegrini fue un ejemplo de este desplazamiento hacia los frigoríficos internacionales.

Atrapado en el eje de la ampliación de los caminos de acceso al pueblo, el matadero ha sido echado al azar del olvido. Antes un gran portón llevaba las letras emblemáticas del Art Deco – M A T A D E RO. Hoy las letras no están. El edificio se queda acorralado entre los ejes del nuevo camino, a la deriva, con un destino que no le interesa a nadie del pueblo. Había un intento de reciclarlo como matadero, pero fracasó.

Nos quedamos en el Hotel Larrañaga (te. 022392-498551) de Eduardo Pedro Larrañaga, cuyo escudo en la tarjeta del hospedaje representa un mapa de las Américas bajo una cruz, fechado 1629. El hotel tiene pinta de un claustro del aquella época y en si es insólito, por decirle algo a favor. La administradora vende raquíticas estrellas de mar y escultóricos caracoles de bivalvos importados del lejano Atlántico. Pienso en Bruce Chatwin y su crónica de la Patagonia cuando hago comentarios despreciativos, pero en ese caso, no hay otro… Las persianas de las habitaciones de la planta baja han sido cerradas a martillo para evitar las roturas ocasionadas por los vientos tempestuosos de la pampa. Es el lugar más oscuro que he conocido en 65 años de frecuentar hoteles. Pero su ubicación es estratégica para nosotros, a pasos de la plaza donde reina la municipalidad.

La falta de luz estimula el buen dormir y arrancamos cerca de mediodía hacia Salliqueló. Paramos en la típica parrilla de carretera en el cruce de la Ruta Nacional 5 y el camino de acceso a Pellegrini, la Cabaña Restaurante Parrilla de María Nieves Seivald, donde nos sirvieron un robusto bife de chorizo jugoso y compacto y una abundante ensalada mixta con una botella de Goyenechea Sauvignon Blanc (15 euros). En los últimos diez años la clientela de los restaurants de ruta ha subido de pelo. Antes se compuso de camioneros y hoy de chacreros y comerciantes. Como siempre la comida alcanza un alto nivel casero – sencillo, directo, abundante y rico.

Sallequiló es otra de las tantas aldeas que pueblan la frontera de la pampa, sin altibajos ni sorpresas: una estación de ferrocarril, una plaza con municipalidad - en este caso no de Salamone -, la iglesia católica, el Banco de la Provincia, residencias de los pudientes, rodeada por varios manzanas de comercios y casas más humildes. De día el movimiento es escaso, pero cuando baja el sol, salen las camionetas, que rondan las calles en un paseo predeterminado desde la época del caballo.

El pueblo tiene un matadero de Salamone – uno de los más bien logrados en su momento. Está ubicada cerca del centro y parte del predio ha sido dedicado a un hogar para rehabilitar jóvenes con problemas. El matadero en si está abandonado a su triste suerte. La factura de los edificios de Salamone es de tal calidad que solo las superficies se descascaran. Las estructuras siguen intactas, un tributo al empeño e integridad del autor-constructor.

La entrada del modesto cementerio tiene una gruesa cruz de hormigón sobre el portón. Está en perfecto estado, recién pintado: el pueblo cuida a sus muertos. Las primeras dos visitas confirmaron dos verdades. Bernardita sintió el desconcierto por el estilo casi fascista y su impacto pero reconoció su aporte, y que esa importancia no había sido recogido por los pobladores locales. Faltaba aún una campaña más efectiva de concientización – todos los esfuerzos para detener el deterioro y validar el aporte habían hasta ahora sido en vano.

Seguimos la Ruta de Salamone hacia Guamaní, sin escala en Tres Lomas donde hay una modesta municipalidad, sin torre, un cementerio con una sencilla cruz, y un magnífico matadero, aún en uso y con ciertas modificaciones. No quería darle a Bernardita una sobredosis de Salamone en su primer día…

Salamone intentó un vuelo distinto con la torre de la municipalidad de Gaumaní. A Bernardita no le convenció. Interrumpió la línea de la torre con una serie de aberturas con curvas, similar a una obra que hizo un arquitecto holandés de la época. A las autoridades de Guamani no les interesa el edificio, pero no por dudas sobre el tratamiento de la torre. Le falta una mano de pintura, cuidado y cariño. Las persianas están en muchos casos rotos y pintados de distintos tonos de gris, marrón y blanco. La desidia reina y duele observarla carcomiendo cada vez más. Sillas, bancos y artefactos de luz originales sobreviven adentro del edificio.

La exuberante fuente en frente de la puerta principal, sin embargo, está recién pintada y remozada: luce como nueva. El mejor amigo de los edificios de Salamone es la pintura. Los paseos de mosaicos armados con diseños de los 1930, los bancos de plaza, pérgolas y lámparas están intactos, solo necesita blanquearlos.

El matadero de Guamani tiene una ubicación de privilegio sobre el principal camino de acceso al pueblo. El entorno se ha invadido su autonomía: dos altos mástiles de telecomunicaciones empequeñecen su torre y una bodega de Obras Públicas contiguo trepa sobre un costado. Un vagón de tren abandonado interrumpe en el terreno. Los únicos ocupantes del matadero hoy son bandadas de pájaros que hacen sus nidos en la torre. La oficina de turismo de Guamaní está a 100 metros en un edificio sin gracia, y nadie se da cuenta del valor histórico del insólito matadero en desuso. ¡Desoladora la visita a Gaumaní!

A pocos kilómetros, sin embargo, se encuentra la pequeña ciudad de Carhué. Carhué, junto con Coronel Pringles y Balcarce, se ha dado cuenta del valor turístico de la obra de Salamone y es un placer ver los edificios tratados con respeto y cuidado.

Carhué fue un balneario importante hasta que la laguna adyacente de Pequén se desbordó e inundó las instalaciones turísticas hace un par de décadas. El matadero de Salamone, por ejemplo, emerge de las aguas saladas de la laguna como alguna ruina antigua. Lo visité hace diez años en el bote de los bomberos; hoy se puede acercar por tierra desde el otro lado de la laguna. Su cruz con Cristo mide de más de tres metros de alto: una vez elevada sobre la tierra, ahora vive con sus pies debajo del agua. Las autoridades con un exceso de celo construyeron una pasarela para acercarse a la figura que rompe la armonía de su original puesta en escena, quitando la sensación de misterio que la rodeaba.

Había una amplia selección de hoteles y pensiones, pero escogimos el Epecuén Hotel y Spa Termal (Roque Saenz Peña 880, te. 029936-430440) por su cercanía a la plaza. El Spa ofrece un plan Relax Depurador de una semana y otra Anti Stress de cuatro días. Nosotros optamos por una noche de descanso sin terapias. Cenamos en el hotel: un Bocado Mediterráneo, Papardelle Tricolor y una botella de Etchart Torrontes – entre media docena de mesas ocupadas con comerciantes. No vi a nadie remozado por las terapias de las termas.

La terraza de nuestro cuarto daba sobre la plaza y la municipalidad. De noche el edificio de Salamone está totalmente iluminado en tonos dorados, como un crucero caribeño: parece salido de un cuento de hadas. Del otro lado de la plaza, el lado oscuro, las autoridades enseñaban a la juventud como protegerse en caso de un choque en la ruta, todo al ruidoso ritmo de rock.

El lado luminoso de Salamone, bajo una fuerte luna, me reconciliaba con el prometedor futuro de la añorada Ruta Turística. Aquí estuvimos en su epicentro. El Palacio Municipal, como se conoce el edificio aquí, fue declarado patrimonio de la ciudad. Un cartel celebra el nombramiento del edificio como monumento histórico municipal. Adentro del edificio, todo sigue como hace medio siglo. Los artefactos de luz siguen funcionando, los muebles también. Aquí se nota lo profundo de la convicción autoritario de Salamone y Fresco. El intendente reina desde un trono de madera dura forrado en terciopelo de rojo imperial, los concejales desde bancos de estilo escuela pública, de madera no más. Hoy se ven anecdóticos, sin la carga de la época.

De Carhué fuimos a Tornquist, donde Salamone hizo una clásica municipalidad con una plaza casi estilo japonés, con un estanque de agua, pasarelas y lámparas, que siguen cumpliendo con su función. Ernesto Tornquist fue una figura legendaria en la pampa durante la segunda mitad del siglo XIX. Bien conectado en Europa, consiguió un préstamo grande para salvar al Estado nacional de uno de sus periódicas debacles financieras y, a cambio, las autoridades le dieron a escoger tierras por doquier. En esta región, que lleva su nombre, alcanzan a centenares de millares de hectáreas, parte de buen campo y parte las Sierras de la Ventana, pintorescas colinas repletas de ciervos y otros ejemplares de vida silvestre.

Hoy tras una donación del empresario, hay un parque nacional y los campos buenos han pasado a manos de este abanico de personajes que quieren hacer su fortuna o mantener su posición social como estanciero, el mítico terrateniente que encandiló al parisino con su opulencia. Don Ernesto también fundó un banco, así asegurando un flujo de capital para ampliar sus posesiones alrededor de la Argentina. Mantuvo su importancia en la esfera de la banca argentina hasta que algún banco europeo con más capital y ambición lo incorporó.

Tan buen suegro como padre de fortunas, ayudó a un yerno a emularlo. Alejandro Shaw al casarse con una Tornquist fundó con su dote el Banco Shaw. No existe parentela entre el banquero y autor, aunque me nombraron tasador de las obras precolombinos de su vasto legado. Siempre creían que era el mensajero del Dr. Shaw, cuando presentaba un cheque mío de mi modesto cuenta en el Banco Shaw. El mismo destino esperaba el Banco Shaw, primero tragado por un banco mexicano, luego desapareció totalmente en otra fusión bancaria.

Don Ernesto hoy no estaría muy orgulloso con el pueblo que lleva su apellido. El único hito memorable que queda a lo largo de los años es el edificio que Salamone construyó en la plaza principal. Hoy mantiene una perenne patina dado por décadas de descuido – la ceguera del ciudadano demasiado preocupado con su sobrevivencia para que no ver lo que lo rodea. Donar es un acto noble, mantener un acto divino…

Peor sentiría don Ernesto sentado en el restaurant más recomendable del pueblo. Preguntamos a varios ciudadanos y solo uno registraba la ubicación de un lugar para almorzar. El “Restaurante Don Ernesto”, (Avda. E. Tornquist esq. Av. General Paz) de Vanina de las Mercedes Laffite, se encuentra sobre la Avenida Ernesto Tornquist. Todo parece revolver sobre el apellido del prócer. Este lugar se combina el ambiente casero de una familia humilde con una decoración de pretensiones que apunta a clase media.

Pero las apariencias puedan engañar: un lugar desordenado, desprolijo, y lento en atender. Regenteada por dos generaciones de damas, la mayor, dispersa, no parece acostumbrada atender a una clientela forastera. La menor, seguramente heredera de los genes franceses de sus antepasados Laffite, nos sorprende con un plato de sorrentinos caseros y ensalada, acompañado con una inesperada botella de Árboles de Navarro Correa.

Salimos de ‘Don Ernesto’, tomamos la Avenida E. Tornquist, y salimos del pueblo de Tornquist hacia sus sierras, pasando a través de sus antiguos campos. Para llegar al próximo pueblo de la Ruta de Salamone, teníamos que cruzar las sierras. Teníamos los datos de otra estancia que recibía visitas: no nos contestó el teléfono y fuimos directamente allí. La Estancia Cerro de la Cruz, de la apitucada familia Ayerza, quedaba cerca de la Ruta 72 y fue fácil encontrarla.

Dos perros ruidosos nos saludaron y un hombre en un pequeño tractor cortando pasto nos recibió. Su señora se encargaba de la casona en la casi permanente ausencia de los dueños. Aparte de su entorno pastoril, nos interesó porque la casona fue diseñada por el arquitecto Alejandro Bustillo en los años 1930. Bustillo fue compinche del gobernador Fresco y el gran rival de Salamone. Recibía todos los premios: hizo el Hotel Casino Provincial en Mar del Plata, El Hotel Casino Llao Llao en Bariloche y la sede del Banco de la Nación en la capital. Se estableció como el máximo referente de la arquitectura de los 1930 en la Argentina. Fuertemente ligado a la aristocracia local, Bustillo siempre cosechó la fama que se le escapó a Salamone.

La casa de la Estancia Cerro de la Cruz en si es grande, no tanto para ser ostentosa. Más normando argentino que Art Deco, no nos llamó la atención como aporte a la esencia del viaje. Menos mal, porque hay que reservar con anticipación, quedarse más de una noche, y formar parte de un grupo de por lo menos cuatro personas.

Seguimos a Sierra de la Ventana, centro de turismo provinciano de poco vuelo, popular y pueblerino. Fuimos directamente al Gran Hotel Casino Provincial, edificio de una época no definida, de autoría poco noble, y en un estado de deterioro lamentable que nos descorazonó a tal grado que huimos con vergüenza ajena. Vimos varias otras hospederías antes de calar en las “Cabañas Ojo de Agua” de Bencich, Norma (Av. San Martín s.n.). La señora Bencich evidentemente ha tenido muy malas experiencias con su clientela: carteles en cada pared anotan listas de acciones prohibidas en terminología parca, casi militar. Comimos en la pizzería de la familia y volvimos a nuestro propósito en la mañana, habiendo obedecido a la letra con todas las indicaciones escritas de la dueña.

Sábado fue destinado a ser un día glorioso para cumplir con las metas de la Ruta de Salamone: Saldungarary, Coronel Pringles, Laprida y Azul - cuatro de los hitos de la creatividad e ingenio del maestro. Cruzamos las montañas sin incidente y pronto llegamos al pequeño centro de Saldungaray, donde accidentalmente topamos con el mercado municipal que Salamone había construido. Lucía bien con una reciente capa de pintura, más que se puede decir de la municipalidad que había venido abajo desde mi última visita hace diez años.

El matadero también ha sufrido de descuido. Pero la estrella de la visita a Saldungaray es el increíble portal del cementerio: una cabeza de Cristo de un metro y medio de alto, salta en relieve de un fondo redondo de azul oscuro, como un cielo nocturno, que mide unos diez metros de diámetro. Desde la última visita un ‘desadaptado’, como lo calificó una dama local, había rota la cara de Cristo: los restauradores locales lo rehicieron con bastante buen tino, suavizando un poco los abruptos ángulos del autor original. Sigue siendo una maravilla: no se puede imaginar el impacto sin acercarse a él. Salamone impuso el concepto de que la entrada del cementerio podría ser de la misma magnitud que la de la silueta de la iglesia o la fachada del banco. Recuperó la imagen de la muerte como un estado imperante de la vida de la gente.

El progreso también tiene sus arranques en al Argentina. El camino entre Saldungaray y Coronel Pringles cuando la tomé la primera vez fue de tres horas de pura piedra: hoy es media hora de pavimento. Llegamos a Pringles a la hora del almuerzo. Otra vez costaba descubrir donde comer. Preguntamos a la gente en la calle sin recoger recomendaciones confiables. Probamos el “Hotel San Carlos” de Carlos D. Schroh (Mitre 830, te. 02922-464500). El comedor se llenó de gente gozando de un sábado primaveral y comimos una rica comida casera, sin sorpresas.

Coronel Pringles tiene una tradición de valorar el aporte de Salamone y una agrupación de ciudadanos hicieron lo posible para que las autoridades de turno respetaran sus dos imponentes edificios. La gran fuente y la plaza que rodea la municipalidad están ordenadas. Todo necesita pintura y ese cariño que caracteriza el cuidado aplicado en Carhué.

El despacho del Intendente ha sido renovado con una decoración modernoso – poco a poco las líneas estrictas del Deco van perdiendo su nitidez – víctimas del desfile de políticos con estéticas propias. Ahora los muebles de Salamone parecen fuera de foco, anacrónicos en un ambiente donde la función aniquila cualquier intento de expresión de belleza o por lo menos coherencia.

El matadero con su singular torre que lleva la inscripción ‘MATADERO MODELO’, ha tenido un destino social en los últimos tiempos. Una vez museo de carruajes, hoy es el centro de un proyecto agrícola de menor envergadura. La burocracia trepa sobre las instalaciones de faena, pero la infraestructura del viejo matadero sigue casi intacto.

Me acuerdo asistir las primeras jornadas sobre el legado de Salamone en Pringles hace una década. En ese entonces, poco después de la muestra que hicimos en Buenos Aires, había varios legisladores presentando proyectos de ley en La Plata para proteger las obras de Salamone, declarándolas ‘patrimonio provincial’. No prosperaron las iniciativas y el olvido volvió a velar los edificios del excéntrico arquitecto de la pampa.

La próxima escala fue Laprida, otra pequeña ciudad o gran pueblo según el criterio que se quiera aplicar. Es tal vez la joya más completa de la Ruta. Las calles del centro fueron cortadas, mientras que los estudiantes celebraban la llegada de la primavera con música y baile, concentrando sus actividades en la plaza de Salamone en frente de la municipalidad. El ejemplar edificio de Salamone ha perdido su escala con la construcción de una fea torre de departamentos pegada a un lado. Parece que hay una orden en la jerarquía del perfil de una plaza – se ha comprobado en el interior de Uruguay. Primero se planta la iglesia, luego la municipalidad, el banco, y hoy la torre de departamentos: cada uno quiere superar los otros en altura. El error fue de Salamone, de ubicar su edificio en una vereda con terrenos adyacentes disponibles.

Laprida tiene una intendente que ha impuesta una paleta de rosa en el interior del edificio. Ha bajado techos, achicado oficinas, amononando al interior a desmedro del diseño original de Salamone. Los majestuosos muebles de los 1930 ya se ven arrinconados, reliquias de otra época. Me fui con un agridulce sabor al tratar de determinar el futuro del legado de Salamone. Si tomó medio siglo para rescatar la Biblioteca Nacional de los destrozos de la humedad y el Museo Nacional de Bellas Artes de las goteras sobre los cuadros ¿qué destino se puede esperar para los singulares obras de Salamone?

En todo caso, la obra más grandiosa de Salamone es el portal del cementerio de Laprida. También el progreso le ha quitado vuelo. Antes quedaba al final de una gran avenida de frondosos árboles. Hace poco podaron los árboles a su más mínima expresión, dejando la entrada en un lamentable estado de desnudez. El cartel que nombra Salamone como el creador del proyecto ha desaparecido desde mi visita previa. De todos modos, el portal se impone sobre el horizonte de la pampa como una Torre Eiffel o la Estatua de la Libertad sobre sus particulares entornos. Por supuesto, hay que ver para creer…

El matadero sigue intacto – hoy explotado por el Frigorífico Aller SRL, y funciona a la escala que Salamone había previsto. Uno de los dos empleados, que vive en el lugar, estaba limpiando los restos de una faena de cerdos, preparando para la llegada de una tropa de reses. El único cambio en los últimos diez años es la pérdida de las icónicas letras – M A T A D E R O – cada una de medio metro de alto – que se distinguía desde la distancia, junto con la torre del cementerio, al acercarse de la pampa.

Salimos hacia la ruta. En el camino vimos a un cartel que anunciaba ‘La Estancia El Olvido’. Parecía cerrar el ciclo. El pasado es un estado futuro en Argentina: el presente es una constante espera para un futuro que se convierte en pasado antes de que ocurriera.

En el camino hacia Azul, el paradero final de nuestra Ruta, la policía provincial nos paró. Una chapa chilena es como un imán. Fue la primera vez desde la frontera y no me acordaba donde había guardado todos los documentos relevantes, sobre todo mi licencia de conducir vigente. Para ganar tiempo, entregué un permiso internacional vencido. El cabo llevó todo a su jefe. Volvió con una sonrisa: “Su carnet está vencido. El comisario quiere hablarle.”

Por suerte en el interludio encontré el permiso chileno y lo presenté. Las sonrisas desaparecieron en el acto. Me devolvió la documentación sin mirarme y dijo al cabo: “Puede seguir…” ¿Cuánto me hubieran quitado estos buitres si no había encontrado el documento?

Azul es toda una ciudad, con encanto y personalidad. Tuvo su auge hace un siglo y los restos de un breve momento de gloria siguen casi intactos. La mano de Salamone decoró la plaza principal y la entrada de otra. Llegó un par de décadas tarde para poder hacer la municipalidad. Pero impuso la obra más conocida de su carrera: el gigante ángel que guarda el portal del cementerio. A pesar de graffiti y superficies de pintura saltada, su presencia es descomunal, inesperada…

Nos instalamos en el Gran Hotel Azul, donde habíamos empezado el recorrido con Micky Wolfson hace diez años. Es un hotel de 120 habitaciones y solo una docena de huéspedes. Un grupo económico ha comprado la carcasa para restaurarla con casino y agregar todas las comodidades de la postmodernidad. Los cuartos son amplios, con techos altos, pisos de parquet – todo rescatable y en gran parte reciclable.

Salimos a buscar un restaurant que se llamaba “El Rincón de Burgos”. Nos enviaron a la cercana calle Burgos. Nada que ver, se encontraba en otras esquinas. Caminando por Burgos, sin embargo, encontramos un pequeño boliche, “El Rancho 1880” (Olavarría y Burgos, te. 435758). La dueña había logrado una decoración campestre, con infinidades de productos regionales, y solo ofrecía bandejas de quesos y fiambres, todas deliciosas.

Cuando mencioné Salamone, la dueña dijo que su madre fue hermana de la mujer de Salamone y una dama en la mesa al lado nos retó por no haber hecho escala en Balcarce, donde tiene tres importantes obras. Sentía algo de alivio: ¡Salamone existe! Hay gente que lo tiene en cuenta…

El último día hicimos nuestra primera compra importante: una manta salteña tejida con colores fuertes, y firmada en cada franja por su autora Rosalía Taquichiri A. “El Rincón Monalisa” de Juan José Vidal (Olavaria 449 esq., te 02281-425112) es una mezcolanza de todos los intereses estéticos de una familia. Uno se dedica a la miel, otro a hacer muebles en madera, otra a buscar bellas artesanías – después de ver tantas malas ‘artesanías’ – revive la esperanza…

Almorzamos en el Restaurante y Parrilla ‘La Amistad’ (H. Irigoyen 368, te 43-5368). Habíamos sido rechazados la noche anterior: la parrilla tiene muchas amistades en Azul. Hoy también se llenó poco después de que llegamos primeros. Probamos morcillas y chorizos, mollejas y riñones, un jugoso bife: todo con este gusto de parrilla que solo se encuentra en un lugar así en la Argentina.

La Ruta de Salamone se terminó, tres intensos días de aventura y confirmación. Salamone sí vale la pena, Bernardita me lo respaldó. No es para todos. Pero en un mundo donde se homogeneiza tanto, un plato fuerte, hasta agresivo tiene su lugar en el menú estético que busca sorprender, hasta asombrar.






















Viaje a la pampa 2

Sorpresa en La Pampa

La Pampa es envolvente, sobre todo en un día gris con una persistente llovizna. Todo se encerraba sobre nosotros. El legendario horizonte desaparecía - la línea entre las nubes y las praderas se borraba; su intenso verdor se volvía invisible. Mi mente buscaba refugio en secretos recovecos. Lo diario se convertía en banal; las condiciones climáticas requerían más compromiso. El ritmo de la marcha transcurría al compás de los minúsculos carteles que marcaban el descenso de los kilómetros.

Intento pasar otro camión que cruza la pampa mojada como un trasatlántico. El chofer se tira a la izquierda, como para salir y bloquear mi paso. Me irrito y con luces flameando, insisto. Me encuentro en una carrera con dos camiones avanzando a 120 kilómetros por hora y un auto cortando la distancia entre mí y él a pasos galopantes. Los camioneros solo pueden mirar; el chofer del auto esquiva y monta la banquina de pasto. Por milagro, la tierra es firme y pasa velozmente hacia el olvido. Los camioneros chillan, yo paso, Berni tiembla, y la monotonía de la pampa vuelve a reinar: una historia de instintos y reflejos, una lección se aprendió. Otra faceta del mito de lo invencible que uno se cree.

Cruzamos charcos de agua, nubes, un viento fuerte que sacude el chasis, la manta de agua que lanzan los 14 neumáticos de cada camión que volvemos a pasar, cargueros de una continúa caravana que lleva el variado producto pampeano a los lejanos mercados. Me siento un precario intruso en este baile de constantes – sembrados y cosechas, destetes y engordes - que dan vigor al ininterrumpible pulso de la pampa argentina.

Quiero alcanzar el pequeño paraíso prometido, bajarme del auto, gozar de un trago y borrar los altibajos de la ruta. Queremos llegar al Hotel la Pampeana donde un joven español ha recreado una cocina europea de alto vuelo entre los vastos pastizales que sustentan la inacabable riqueza de la Argentina. “Lo que los argentinas destruyen de día, Díos lo repone de noche” es una versión de un refrán que todos conocemos. La fe ciega de una población bendecida por la ceguera.

La noche empieza a cerrar sus puertas sobre nosotros y el horizonte se nos acaba. Cuesta identificar los carteles y aún falta para nuestro destino: kilómetro 426.8 de la Ruta 188. El cartel aparece y doblamos hacia el diminuto pueblo de Sarah, nombrado, como casi todos en la región, en memoria de alguien una vez notable y hoy perdido en el olvido colectivo. En este caso, Sarah fue la mujer del primer Santamarina que administró campos en la zona. La misma provincia una vez llevaba el nombre de Eva Perón, cuando el gobierno federal lo elevó de territorio a provincia en 1952. Toda la provincia tiene menos de 300.000 habitantes, dos por cada kilómetro cuadrado… Una de las tantas revoluciones logró dejar a la difunta pero siempre presente personaje en desuso, colocando el titulo genérico - La Pampa - al vasto territorio.

Sarah tuvo mejor suerte, ¿tal vez por haber sido mejor mujer? En todo caso, nuestro destino queda varios kilómetros antes del pueblo, y de repente aparece la escueta entrada. El folleto habla de un parque diseñado e instalado por Carlos Thays, prócer del paisajismo argentino, pero de noche su formato no salta a la vista. Hay un desorden de árboles que rodea una casona robusta de formato de burgués entrando en una maciza madurez corpórea. No hay ningún auto: ¿ningún otro huésped? Ni un perro ladrando su disconformidad o una bienvenida. Una sola luz temblaba en la neblina.

Golpeé la puerta aquel domingo con esta convicción de que a mi me correspondía por derecho divino que alguien me atendiera. Mi voluntad estaba a la par con el momento y sus ganas produjeron una persona del otro lado. ¡Voilá! La puerta abrió y una cara simpática, de estas que les cuesta abandonar la sonrisa nos recibe. Me miró con una expresión de inquietud. Pregunto si hay un cuarto y acceso a los manjares que tanto había entusiasmado a Alberto. Al ver que parecíamos como una pareja sensible y solvente, potenciales clientes inesperados, su sonrisa se abrió y nos llevó a una antesala que, previa la presentación de credenciales, permitía acceso al comedor.

Nos sentamos los tres en una mesa, compartiendo una botella de chardonnay. Fue el primer paso en el placentero camino hacia una amistad basada en actitudes hacia una vida en común y una profunda celebración de los placeres que aporta, alcanzados solo por compromiso y profundo respeto. La buena mesa entra, por supuesto, en un breve listado, no la del cine popular, que es todo llama y brasa, sino la que tiene sus raíces en eternas horas de sudor y meditación. Pronto se revelerían los ingredientes que se combinaron para formar a nuestro Javier como excelso en su vocación e intrépido investigador culinario en el lugar menos esperado del mundo.

¿Cómo llega un exitoso cocinero europeo con todo en sus manos en casa a desterrarse en la Pampa? La respuesta, por supuesto, es obvia: el amor. El amor llegó demorado en la exigida vida de Javier. De chico, el régimen escolar no lo convenció: llevaba materia tras materia a otro año. Un exasperado pero iluminado padre decidió sacarlo del sistema educativo y – al puro estilo europeo – enviarle lejos como aprendiz en el restaurante de un amigo en Cádiz. Como los hindúes actuales siguen casando a sus hijas con adinerados desconocidos, hay europeos que siguen entregando sus hijos a un sistema feudal gremial.

Javier, adolescente pero con férrea vocación, floreció en el estricto ambiente de la cocina profesional. Subía los escalones del aprendizaje, sin goce de sueldo alguno, ni días libres, como en plena Edad Media. Pinche, y luego de años de esfuerzo, jefe de pastelería, jefe de repostería, segundo de cocina, cocinero, asesor gastronómico, director de cocina… Un buen día, su patrón, después de una adolescencia de dedicación y fiel cumplimiento, le dio su primera recompensa, la acumulación de años de trabajo. Javier viajó a Madrid y lo gastó todo – a solas- de golpe en una cena espectacular del chef más notable del momento, regada con Chateau Margaux y cerrada con generosas propinas. Volvió de nuevo a su trabajo con los bolsillos vacíos y el espíritu en alto vuelo.

De este momento en adelante, creció su cotización como chef, hasta ganar unos cien mil euros al año sin ser dueño de un solo sartén. Se trasladó a Galicia para trabajar en un complejo gastronómico y hotelero, donde llegaban alumnos de todo el mundo. En un curso de cocina se encontró con una argentina que quería aprender como administrar un hotel-restaurant en las pampas. Fue de estas uniones armada, como se dice, en el cielo.

En los 1986, Luis Lago, el padre de ella, Betina, compró una estancia de un millar de hectáreas y una imponente casona, con el fin de convertirla en un hotel con restaurant con estrellas por doquier y hasta cancha de golf. El día después de la escrituración, llevó un par de amigos para conocer el proyecto de su vida. El viaje terminó en su muerte, otra víctima de la monótona ruta 188. La propiedad de vendió, y a Betina, de nueve años, y a su madre Mabel les quedó solo el sueño.

La estancia tiene una historia digna de una película. La fundó la legendaria familia de don Ramón Santamarina, como refugio para un hijo que se casó con una joven no del agrado de los suegros. El establecimiento floreció y pasó a manos de Carlos Fuchs, un alemán que primero buscó fortuna en Estados Unidos y luego en la pampa, poco después que los indios habían sido arrasados de la región. En 1915 Fuchs puso un frigorífico de salames y afines que exportaba a Alemania. La leyenda local cuenta que envió la producción de una temporada en un buque alemán que fue interceptado por los ingleses a la altura de la Primera Guerra Mundial. Perdió su carga y su negocio. Para no tener que entregar todo a los ingleses, excavó un enorme pozo y enterró la locomotora que había encargado para mover su mercadería a la línea del ferrocarril nacional para enviarla al puerto más cercano. A Javier le quedan aún las ganas de desenterrar la locomotora, pero no le ha llegado el momento.

Betina, ya con treinta y pico años, casada con Javier y madre de una hija, Gala de tres años, ha cumplido su promesa: realizar el visionario emprendimiento de su padre. Así es que Javier Araujo Montes llegó a La Pampeana, como otros distinguidos personajes de épocas anteriores. Hoy se encuentra frente a una cocina estelar, con un congelador que puede guardar meses de provisiones, equipado con un par de poderosos generadores, y con un renombre que rápidamente traspasa las fronteras provincianas que lo encierren.

Comer con Javier es abarcar una aventura que sobrepasa lo cotidianeidad. Él insiste en mostrar todo, como un niño orgulloso de su arsenal de juguetes, compartir todo, estimulando la complicidad a casa paso. Es un aprendizaje no solo en la alta cocina, sino en el goce de la vida misma. Es pausado, sabe que tiene un emprendimiento que tomará la vida para poner en macha.

Pero, el propósito de la visita a Javier es probar su mano como ‘autor’ de platos aún desconocidos a nosotros. Este apasionante juego es prohibitivo en Europa – pasar 48 horas comiendo maravillas, productos de la imaginación y realización de un grande, solo se convierte en posibilidad en un territorio remoto como La Pampa, donde el menú ‘La Pampaeana’ sale 14 euros, el menú ‘Gastronómico’ veinte, y algunos vinos que cumplen con el criterio de Javier, en menos de siete. Es el paraíso del viajero regalón…

La primera noche, llenos de expectativas, pero exhaustos del lluvioso y tedioso camino, optamos por el menú de la casa. Una manera sencilla de obtener un panorama de los platos que nos esperaban. Consistía en:

Ensalada de Manitas de Cerdo con Jamón Crudo al estilo Can Boix
Huevos Poché con Espuma de Papa Perfumada de Panceta
Madeja de Papa Rellena de Lomo con Pasta a la Albahaca
Buñuelos de Chocolate con Salsa de Cítricos
Con una botella de Trivento Tribu Chardonnay

Todos los platos cumplían ampliamente con nuestros sueños – sabores, colores, texturas, temperaturas, que satisfacen todos los sentidos. Javier preparaba todo en el minuto y Betina nos servía con precisión, ofreciendo las explicaciones que cada plato demandó. Javier nos invitó a un bajativo y fuimos rápidamente a la cama, repletos y felices.

El desayuno, servido en la antesala, ofreció frutas frescas, yogurt, cereales, quesos, jamones, chorizo español, una variedad de panes caseros con un rico café – todo fresco y/o crocante, como correspondía. Pasamos lo poco que quedó de la mañana en el cuarto, encerrándonos al confort de nuestro espacio para evitar la insistente lluvia. Todos los detalles invitaban a gozarlo: un amplio baño con una ducha deliciosa, toallas enormes y suaves, vista panorámica sobre el campo…

Para el almuerzo pusimos a prueba una recomendación de Alberto: Langostinos Jumbo a la Plancha. Parecía atrevido experimentar con las delicias del mar a 500 kilómetros del Atlántico y mil de Puerto Madryn, de donde llegaba un camión refrigerado con 150 kilos de estos crustáceos cada par de meses. Javier viaja continuamente a Madryn para imponer sus estrictas condiciones de calidad. Una de ellas – fundamental – es tamaño. Aparecieron una decena de langostinos, escandalosamente grandes, en un plato en el cual no cabía ningún adorno adicional.

Para mi no hay nada más rico que un langostino que incorpora el sabor de la parrilla junto con las matices del aliño que lo acompaña. La preparación debe imponer que la cáscara pierda un poco de lo crocante, para que se pueda chupar la salsa sin perder contacto con la carne, que debe poder presentarse en bocados grandes con una textura lo suficientemente resistente al diente para deleitar al comensal. Es así en el inaudito restaurant ‘El Camarón’ de Santiago, solo que el menú se limita a unos pocos mariscos bien preparados. En general, el camarón aparece debilucho y desgastado, blando y sin asunto. Por eso, celebro tanto cuando encuentro un plato tan delicioso.

Luego seleccionamos el Carpaccio de Lomo con Parmesano y Vinagreta de Ajo – otro acierto- y Pastel de Berenjenas con Morcilla y Arroz con Salsa de Calabaza y Judías saltadas, una delicada mezcla de aromas y sabores, cocinada a la perfección, cada elemento dado el ‘timing’ necesario. Para el postre pedí Cofre de Chocolate con Espuma de Naranja y Helado de Vainilla. Bernardita considera que los postres atentan a la silueta y con una gran demostración de su férrea voluntad, casi nunca los prueba. Una gran parte del placer de comer bien entra por el ojo, y Javier, que pasó una década como repostero, sabe sacar un postre con pinta de una auténtica obra de arte.

Llegamos a lo de Javier y Betina en un momento de tregua: acababan de atender un congreso de comisarios de los destacamentos policiales de las cinco provincias vecinas y les faltaban varios días antes que llegaran otras visitas. Cuando no hay clientela, Javier y Betina se ocupan de todo: ella las habitaciones y el comedor, y él, todos los detalles de la cocina y el mantenimiento. Nos hicieron sentir en casa de amigos – sin ninguna responsabilidad.

Cuando tomamos un bajativo después del almuerzo, le pedimos a Javier que él escogiera el menú de la noche – dándonos la oportunidad de probar los platos que él más quería compartir con nosotros. ¡No nos defraudó! Llegó la noche y nos sentamos en nuestra mesa habitual. Javier emerge de la cocina, uniformado como todo profesional que merece el título, con una botella de champán a base de uvas Chardonnay, de regalo para nosotros. Había notado el detalle de nuestra preferencia. Empezaba bien la velada...

Betina en seguida comienza a servirnos una seguidilla de seis platos distintos, cada uno un invento de Javier, uno tras el otro. Nos encontramos en una inmersión total, gozando de las glorias de la cocina de autor.

Salmón al Pil-Pil con Fernet-Cola y Zapallitos Zuquini Salteados
Ensalada de Manitas de Cerdo con variantes
Ragut de Vieiras al Azafrán
Lassagna de Calamar con Espinacas a la Crema y Langostinos a la Salsa Americana
Coca de Hongos con Ali Oli de Membrillo y Jamón Crudo
Lomo de Vacuno al Vino Tinto con Tomate Deshidratado y Manzana al Horno

Todo fluyó perfectamente, con una pequeña disonancia cuando Bernardita contó a Javier que las vieiras le daban una fuerte alergia. El chef sintió culpable por algo totalmente fuera de su control. Una vez asumido este inconveniente seguimos sin más contratiempos. Los nombres de los platos por supuesto son solo ilustrativos. No hay manera de describir la belleza de la mise-en-scene de cada manjar, ni lo sabroso al entrar en contacto con el paladar. El lector debe confiar en la capacidad evaluativa del cronista y su ahora señora.

La experiencia de tener un gran chef a disposición 24 horas diarias es bastante única para el normal de los humanos, especialmente cuando hay un lazo de cariño y complicidad. Difícil repetir lo que nos sucedió en la noche del lunes 17 de septiembre. Fue una celebración de la vida – justo al año de salir del Hospital Universidad Católica, sobreviviente de una trombosis pulmonar.

Todo termina, y nos tocó seguir nuestro periplo por la pampa, la próxima etapa con propósitos más prácticos - placenteros iguales - pero de otra índole.